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EDUARDO AROCENA


Es muy triste verte tirado en una celda privado de libertad, el que no haya pasado por eso no conoce el dolor y la angustia que se siente cuando te arrancan el derecho a disfrutar la vida, es muy triste ver que pasan los días y con ellos suman los años, sientes como tu vida va extinguiéndose junto con las hojas del calendario que tiene la virtud o el defecto de lo irrepetible.

Los que administran bajo el manto legal las condenas saben que la libertad es lo más importante para un hombre y es esa libertad la que se convierte en el instrumento del castigo cuando te la arrancan. Después todo lo que venga puede ampliar o disminuir el dolor, puede denigrar o destruir al hombre, estas son las variables con las que juegan los que imponen la ley, que a veces hacen que esta deje de ser ciega y equilibrada, dictando para similares parámetros de acciones, diferentes penas, todo impecablemente amparado en palabrerías y tecnicismos legales.

Pero lo más lacerante resulta cuando la desproporción te coloca en una tesitura que cuestiona tus nobles actos, cuando alguien administrando justicia a través de comparativas legales decide arrancarte tus meritos y te etiqueta como un vulgar terrorista, y entonces en defensa de una sentencia preconcebida te cuestionaran, tú no eres un patriota, pronunciándose a conveniencia de lo que exija el manual de la administración política de turno, ¿En que se apoya tu vida de patriota? ¿Dónde están tus acciones patrióticas? ¿Dónde está tu amor a la patria? ¿Quiénes te defienden? No entienden, nunca entenderán desde su comodidad occidental nuestro sufrimiento y dolor.

29 años son muchos años para un castigo, ya tu generación ha pasado, el tiempo te deja sin voz, llevas una eternidad sin expresarte en público, ya para muchos no existes, por eso hoy más que nunca resulta importante levantar la voz para que Eduardo Arocena sea acercado a su familia, le sea aliviada esa larga condena, sin apelar a tecnicismos, ni a etiquetas legales, solo apelando a la humanidad de los que administran la justicia en el país más grande y democrático del mundo, las condenas se convierten en castigos crueles, inhumanos y degradantes, cuando el reo enferma y pierde parte o todas sus capacidades físicas y/o mentales.

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